Cuando la incertidumbre se sostiene en el tiempo, el impacto es silencioso pero profundo.
Cuando la incertidumbre no se gestiona adecuadamente, las organizaciones permanecen en un estado constante de alerta. Algunos especialistas denominan a esta condición yellow condition: una fase prolongada de tensión que deteriora el rendimiento fisiológico, reduce la capacidad de enfoque y compromete la calidad de la toma de decisiones.
Bajo esta premisa, Melhina Magaña, cofundadora y Managing Partner de Daucon, advierte que “el mayor riesgo no es no saber, sino decidir desde intuiciones no validadas, narrativas externas o el miedo, cuando los datos aún no son claros”.
Daucon, firma de consultoría especializada en alto rendimiento, define la incertidumbre como el estado en el que las personas deben decidir sin contar con toda la información necesaria para hacerlo con confianza. En estos escenarios, la incapacidad de anticipar lo que sigue eleva de manera significativa el costo mental de decidir, impactando tanto a líderes como a equipos operativos.
Ante este panorama, proteger y elevar el rendimiento en entornos inciertos requiere intervenciones claras y deliberadas. Entre las prácticas clave se encuentran la planeación con escenarios definidos —mejor, peor y de baja probabilidad—, acompañados de planes explícitos para cada uno; la definición de lo no negociable y de aquello que puede sacrificarse según el escenario; y la delimitación de qué decisiones pueden tomarse, cuáles deben esperar y cuáles no se tomarán, de acuerdo con la calidad de la información disponible.
Asimismo, resulta fundamental comunicar de forma frecuente y basada en datos, incluso cuando no existan novedades, para evitar que el vacío informativo sea ocupado por la especulación. A esto se suma el entrenamiento de los equipos en verificación de datos y detección de sesgos, separando opinión de evidencia, así como el monitoreo de señales tempranas de estrés, como cambios en el lenguaje, pérdida de enfoque, alteraciones en el sueño o descuido de hábitos básicos de autocuidado.
“En 2026, la competencia será por la atención y el foco”, anticipa Magaña. “Las organizaciones que logren gestionar la incertidumbre con claridad, datos y estructura podrán sostener el rendimiento incluso en contextos de alta volatilidad”.
Cuando la incertidumbre se prolonga en el tiempo, su impacto es silencioso pero profundo: aumenta el estrés, se deteriora la calidad de las decisiones y se amplifican los sesgos cognitivos. Por ello, en ausencia de datos, comienzan a dominar las opiniones, fragmentando la atención y debilitando la ejecución, a decir de la experta.
La atención se ha convertido en un activo crítico del alto rendimiento. Sin atención sostenida no hay productividad, eficiencia ni competitividad. Equipos preocupados por el futuro, saturados de estímulos o expuestos a narrativas contradictorias terminan ejecutando con menor precisión y mayor desgaste.
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