El avance acelerado de la inteligencia artificial (IA) está transformando la forma de trabajar en las organizaciones. En este contexto, comienza a surgir un fenómeno emergente: los llamados “zombies de IA”, empleados que delegan cada vez más tareas a estas herramientas, desde presentaciones estratégicas hasta respuestas en plataformas internas o incluso mensajes personales. Aunque esto mejora la eficiencia, también abre la puerta a riesgos menos visibles.
El problema no radica en el uso de la IA, sino en cómo se utiliza. De acuerdo con Hogan Assessments, un uso inadecuado puede erosionar gradualmente habilidades clave como el análisis, el criterio y la toma de decisiones.
“Cuando se utiliza correctamente, la IA amplifica el potencial humano. Cuando se utiliza mal, puede reemplazarlo”, advierte Ryne Sherman, Director de Asuntos Científicos de la firma. A su juicio, el principal riesgo no es la automatización, sino la pérdida progresiva de iniciativa.
El “zombie de IA” no es un empleado sin capacidades, sino alguien que ha desarrollado una dependencia excesiva. Cuando una herramienta puede redactar un correo en segundos o resolver problemas de inmediato, la tentación de evitar el esfuerzo cognitivo aumenta. El resultado son colaboradores que aparentan ser productivos, pero ejercen cada vez menos pensamiento crítico.
Este fenómeno se presenta en un entorno ya desafiante. Según el World Economic Forum, el 60 por ciento de los empleadores a nivel global considera que el pensamiento crítico es una de las habilidades más escasas. Cuando las personas dejan de cuestionar y analizar por sí mismas, las organizaciones pierden creatividad, innovación y capacidad de adaptación.
En México, la adopción de la IA refleja esta tensión. Datos del AI Productivity Survey de IBM México indican que 9 de cada 10 empleados utilizan herramientas de IA en su trabajo diario y 8 de cada 10 organizaciones ya las han implementado. Sin embargo, solo el 40 por ciento percibe que su empresa aprovecha plenamente su potencial y apenas el 25 por ciento usa herramientas oficiales, lo que incrementa riesgos de seguridad y gobernanza.
A pesar de estos desafíos, los beneficios son evidentes. Los trabajadores reportan ahorros de entre una y seis horas semanales, mayor velocidad de ejecución, mejor eficiencia, mayor precisión y apoyo en la toma de decisiones. Además, un 40 por ciento afirma que la IA les permite enfocarse en tareas más estratégicas.
No obstante, ciertos rasgos pueden favorecer una dependencia excesiva: baja curiosidad, exceso de cautela, baja autoconfianza y alta conformidad. Estas características pueden llevar a delegar decisiones de forma sistemática, reduciendo la capacidad de cuestionar y generar ideas propias.
Frente a este escenario, el liderazgo se vuelve determinante. Las organizaciones enfrentan el reto de promover un uso estratégico y consciente de la IA, priorizando el pensamiento crítico sobre la simple productividad. Fomentar entornos donde el error sea parte del aprendizaje y donde la tecnología complemente —y no sustituya— el juicio humano será clave para evitar que la eficiencia termine desplazando la capacidad de pensar.
“La IA debe actuar como copiloto, no como piloto automático”, subraya Sherman. “Cuando la rapidez se impone sobre la reflexión, los equipos se desconectan. En cambio, valorar el juicio, la curiosidad y el derecho a equivocarse fortalece el desempeño organizacional”, concluye Sherman.
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